miércoles, 20 de octubre de 2010

Pulp Fiction




No los odias?, esos silencios incómodos. ¿Por qué necesitamos decir algo para rellenarlos?. Es por eso que sabes que has encontrado a alguien especial. Puedes estar callado durante un puto minuto y disfrutar del silencio"
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miércoles, 21 de julio de 2010

Promesas Rotas.

Escrito el: 21/07/10

Ella estaba reposada en la mesa de madera nacarada, descansaba doblada sobre sí misma esperando que alguien la abriese para cumplir su función. Una función que yo decidí dejar a un lado y que él prometió apartar de su vida también.
Me giré hacia el sofá marrón de la entrada y le vi. Mirándola fijamente barajando la idea de marcharse de allí o, de cogerla y hacer aquello que estaba deseando. Sus ojos eran azules, un azul intenso que te hacía parpadear y que hoy, debido a sus múltiples fallos, dichos ojos no brillan de la misma manera. Son grises, flácidos, débiles como él. Estaban fijos en aquella bolsita del tamaño de un paquete de tabaco barato, no se movían, apenas parpadeaba y su respiración era insuficiente. Estaba quieto como cuan estatua en las Ramblas de Barcelona.
Recuerdo la forma en la que estaba sentado, una posición muy extraña e incómoda para cualquiera. Cogió aire y por fin se movió de posición, a saber cuantas horas llevaría ahí. Se agarró la cabeza tirándose del pelo negro y abundante que poseía en una muestra clave de desesperación. Entonces comenzó a sollozar en silencio. Yo debería de haber ido a animarle, a abrazarle como cualquier hermana, pero en ese momento pensé que ya era demasiado tarde. Ya había pasado demasiadas noches en vela, únicamente por él. Acariciándole la espalda y dándole palabras de aliento para que siguiese adelante. Eso es lo que debería de haber echo, y que en cambio, no hice. Decidí darme la vuelta y dirigirme a la puerta de salida, pero mi personalidad débil, como la de él, me hizo flaquear antes de coger la manivela, girarla, abrir la puerta y salir de allí.
– Te marchas. – Oí desde el salón. Y no era una pregunta, lo afirmó
seriamente sin rastro alguno de vida en aquellas dos palabras. Fue entonces cuando me di cuenta de que el alma de mi hermano se había quedado en el salón, junto a aquella bolsa. No merecía la pena, él no valía nada ya.
– Sí, me marcho. No pienso seguir cuidando de mi hermano mayor.
Él no dijo nada más desde allí, no se oyó ni si quiera su respiración. Pensé en decirle adiós, despedirme de él, pero me daba asco tocarlo. No había cumplido la promesa que hizo meses antes en el porche, una noche fría de verano, no había echo nada para cumplirla.
Salí de allí dejando la puerta abierta, y hasta hoy no me había dado cuenta de la razón por la que lo hice. Hoy entro por el marco de la misma, igual, exactamente idéntica a la que yo abandoné, solo que algo más estropeada debido al tiempo. Hoy me doy cuenta de que dejé la puerta abierta porque sabía que iba a volver algún día. Pero no sabía que ese algún día, sería
demasiado tarde.
Los humanos nos arrepentimos de nuestros actos, siempre volvemos al lugar que abandonamos con el fin de volver a empezar. Pero la clave está en volver a empezar una mañana y no una noche, cuando ya es demasiado tarde para regresar.
Sí, mi hermano murió esta mañana. Murió solo, sin nadie de quien despedirse excepto su amada droga. Ese ser demoníaco, que le mantuvo con vida y que le ha matado. Murió solo, ya que yo no supe estar ahí.
Es de noche, es tarde para volver a empezar.

miércoles, 30 de junio de 2010

Matutino Cuento Parisino

Escrito: 02/2008

Matutino Cuento Parisino

Dulce aroma a croissant y a periódico recién imprimido en las calles parisinas. Risas y conversaciones fugaces rigen el ambiente del barrio Montmartre, después de tanto tiempo se sigue respirando el espíritu bohemio en el aire. Caminaba sin prisa pero sin pausa, observaba el gran colorido, el ajetreo… El tiempo pasaba muy deprisa, era como un tren que no paraba en la estación, y él, un simple viajero que se distrajo contemplando el paisaje por última vez. Las gentes cambiaban, de gustos, de temas de conversación, de ropas y él, seguía estancado en los libros. Los libros también se pasan de moda, también envejecen, se adaptan a juegos, películas, pero un libro tiene algo de lo que otras cosas carecen, un libro tiene vida. Un libro siente, siente lo que sentimos leyéndolo; un libro tiene personalidad y cada libro es único e irrepetible, porque aunque sean del mismo autor y tengan el mismo título, el mismo tipo de portada y de tapa, aunque en todo eso sean iguales, cada uno queda impregnado de personas diferentes, cada uno ha sido tocado por una persona diferente. Los humanos también somos iguales, tenemos las mismas cosas, manos, narices, ojos… Pero entre sí son diferentes. Se sentó en la misma mesa de siempre, con la mirada perdida en algún lugar entre los pasteles recién hechos y el pobre Pierre, que en la barra echaba un vistazo a Le Monde, aparentemente tranquilo. Por la puerta de atrás de la barra apareció la joven camarera del café que se acercó rápidamente a su mesa. El fingía no mirarla aunque en realidad lo estuviera haciendo por el rabillo del ojo, su pelo era ondulado y caía más allá de sus hombros, no era muy alta y tenía la piel del color de las nubes. Lo más interesante sin duda, era su mirada, la cual escondía tras unas gafas de pasta negra. No tenían particularidad apenas el color de sus ojos, estos eran del clásico marrón oscuro, pero eran unos ojos profundos y sabios que desde luego no iban acorde con aquella chiquilla de diecisiete años. Y allí estaba él fingiendo que no la miraba, que no conocía sus facciones, mientras tomaba un dulce café vienés. Cada domingo, a las nueve en punto.


martes, 18 de mayo de 2010

Té Helado.



Escrito hoy, el día: 18/05/10

El calor del fuego le quemaba la piel a pesar de estar a medio metro de él. Pegado a la chimenea mirando las llamas agotarse y desfallecer con el paso de los minutos, él miraba el color rojo anaranjado sin apenas parpadear a la espera de algo, o alguien. La otra chica, la del cabello negro, lo miraba con cansancio, como si estuviese agotada de verle sentado allí sin moverse.
Él miró el té ya helado que reposaba a su lado y se dio cuenta de que estaba atardeciendo, y así, como todos los días, salió al jardín repleto de un manto blanco a mirar como el Sol se escondía tras las alejadas montañas. De nuevo sintió ese calor que el fuego le proporcionaba y admitió, siempre para sí mismo, que le encantaba permanecer junto a él gracias a esa cálida caricia que le hacia recordarla a ella. A su amor, a su vida, a la razón por la que vivió eternamente.
Su cara estaba repleta de arrugas extremadamente visibles para sus nietos, una sonrisa triste que le invadía todos y cada uno de los días del año, una sonrisa blanca y bonita para alguien tan mayor y cansado.
Él le prometió a ella jamás olvidarla, jamás perdería en el olvido el olor de su colonia dulce y agradable. Nunca, nunca dejaría de pensar en ella como el ángel de su vida. Y hoy, 7 de Noviembre, dieciocho años después de la muerte de ese ángel. Él decidió, por fin, decir adiós a su familia e irse con ella eternamente. Como debió y debe ser.
La chica del pelo negro recoge ahora la mesa delantera de la chimenea y se da cuenta de que la taza de té helado sin tocar no se encuentra donde debería estar. Entonces sonríe sincera y decide ir a ver a su abuelo. A decirle adiós, a despedirse de alguien que valió tanto. Sube las escaleras de caracol tan costosas de subir para él, avanza con miedo y nerviosismo hasta la habitación del anciano, llama con un suave Toc, Toc y como siempre, no se escucha respuesta. Es entonces cuando decide entrar. Está todo a oscuras, no se ve absolutamente nada al penetrar en el cuarto, pero conforme entra la silueta acostada del anciano se hace más y más visible para su vista.
Acostado en su enorme cama durmiendo placidamente, con una mano puesta en dirección a ella. Se acercó más a él y pude comprobar que, como se esperaba, su abuelo no respiraba. Tenía el rostro bañado en lágrimas y eso le hizo agarrarle las manos fuertemente.
-Adiós, abuelo. – Se despidió ella antes de salir por la puerta para no volver a entrar.
Pero lo que nadie sabe es que su abuelo sonrió en sueños, porque la mano que estaba estirada en la cama de matrimonio, era la mano que cogía al ángel de su vida.


Creía necesario colgar este texto. Me gusta, y es raro que un texto mío lo haga. Actualizo debido a que la anterior subida fue pésima.
Hoy me gustaría decir, que este texto va dedicado a El ángel de mi vida. Porque siempre me haces entender, sonreír y afrontar todo como debe ser.

sábado, 15 de mayo de 2010

Roja, misteriosa, bella, única.

Escrito el: 08. 05. 10

La rosa roja, perfecta y viva, continuaba tirada en el banco debajo de aquel árbol grande y verde. La rosa seguía en el lugar donde la habían dejado, ella permanecía a la espera de que alguien la recogiese y la llevara consigo. A simple vista era una rosa cualquiera, a simple vista, no despertaba sorpresa en ninguna persona que pasaba, pero, hasta una simple y pequeña flor puede encerrar una gran historia.
Una historia que nos embarcaba a ambos, a los dos, casi sin precederlo.

jueves, 1 de abril de 2010

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Edulcorada Historieta del Silencio Interrumpido


Los pasos resonaban en el suelo mojado componiendo una melodía constante. Dos figuras avanzaban con cierta parsimonia una junto a la otra, permanecían en silencio, no porque no hubiera que decir, sino porque las palabras que luchaban por expandirse eran rápidamente bloqueadas por aquello que llaman cobardía. La humedad y el frío impregnaban el ambiente, el mar se hacía el inocente y la lluvia caía con mayor intensidad conforme avanzaban hacía el viejo faro. Realmente he llegado a dudar si notaban sus caras empapadas por la lluvia, si se daban cuenta de que la humedad se había instalado en sus huesos, desde luego era imposible que no sintieran que su labio inferior temblaba, aunque claro está, no puedo estar segura si en verdad se trataba de frío. Andaban sin decir una palabra, de vez en cuando uno de los dos lo intentaba, pero cuando parecía que el sonido iba a viajar por el aire, una voz interior, la conciencia, los obligaba a esperar a un momento que ni siquiera ella sabía cuando sucedería. Habían cambiado, pero seguían teniendo el brillo en la mirada, ese que solo les pertenece a los que mantienen la esperanza de ver algún día cumplido aquello que anhelan, ese pequeño resplandor que nace con nosotros, aquel que tanto cuesta prolongar en la mirada. Siempre algo acaba por eclipsar la luz, acaba desapareciendo entre lágrimas. Perdieron el aliento, habían llegado a lo más alto del acantilado, no había más camino que el de vuelta y la idea de volver con la civilización no les resultaba del todo atractiva. Se quedaron ahí parados, con la mirada perdida en el mar, en las estrellas o quién sabe qué, quizás ni siquiera en este mundo. La cara de él parecía pensativa, aunque ella fijándose en sus ojos descubrió que en realidad tenía la mente en blanco. Se sintió observado y optó por volver la cara sin esperar encontrar tan cerca la de ella. Por un instante pudo ver sus ojos marrones miel, brillantes y cálidos, sus labios temblando a causa del frío y su tez blanca como la luna, e incapaz de nada, lo único que hizo fue cubrirla con su abrigo. Ella sonrió agradecida y acto seguido fingió abstraerse en el mar para que él no notara el leve rubor de sus mejillas. Ninguno de los dos encontraba dentro de sí mismos una excusa con la que engañarse respecto al silencio, el primero en decidirse a romperlo fue él.

- ¿Qué te parece?.-

Ella tardó unos segundos en responder.

- No sé qué decir.-

- Solo di lo primero que se te venga a la mente.-

- Singular.-

- ¿Singular?.-

- Tú me has dicho que diga lo primero que se me venga a la mente, y lo primero ha sido singular.-

- No dije que no me valiera.-

- Por si acaso.-

- ¿No te sientes pequeña?.-

- Siempre.-

- No me refiero a eso, me refiero a… ¿No te sientes insignificante?.-

- La verdad es que impresiona, me crea complejo de inferioridad.-

- A mí también.-

- Estaba ahí cuando vinimos y estará cuando nos vayamos.-

- ¿Importará algo nuestra existencia?.-

Ella lo miró y por una vez, segura de algo en aquel día dijo:

- Siempre que alguien te quiera.-

- Entonces tu existencia importa, créeme.-