
No los odias?, esos silencios incómodos. ¿Por qué necesitamos decir algo para rellenarlos?. Es por eso que sabes que has encontrado a alguien especial. Puedes estar callado durante un puto minuto y disfrutar del silencio".

Matutino Cuento Parisino
Dulce aroma a croissant y a periódico recién imprimido en las calles parisinas. Risas y conversaciones fugaces rigen el ambiente del barrio Montmartre, después de tanto tiempo se sigue respirando el espíritu bohemio en el aire. Caminaba sin prisa pero sin pausa, observaba el gran colorido, el ajetreo… El tiempo pasaba muy deprisa, era como un tren que no paraba en la estación, y él, un simple viajero que se distrajo contemplando el paisaje por última vez. Las gentes cambiaban, de gustos, de temas de conversación, de ropas y él, seguía estancado en los libros. Los libros también se pasan de moda, también envejecen, se adaptan a juegos, películas, pero un libro tiene algo de lo que otras cosas carecen, un libro tiene vida. Un libro siente, siente lo que sentimos leyéndolo; un libro tiene personalidad y cada libro es único e irrepetible, porque aunque sean del mismo autor y tengan el mismo título, el mismo tipo de portada y de tapa, aunque en todo eso sean iguales, cada uno queda impregnado de personas diferentes, cada uno ha sido tocado por una persona diferente. Los humanos también somos iguales, tenemos las mismas cosas, manos, narices, ojos… Pero entre sí son diferentes. Se sentó en la misma mesa de siempre, con la mirada perdida en algún lugar entre los pasteles recién hechos y el pobre Pierre, que en la barra echaba un vistazo a Le Monde, aparentemente tranquilo. Por la puerta de atrás de la barra apareció la joven camarera del café que se acercó rápidamente a su mesa. El fingía no mirarla aunque en realidad lo estuviera haciendo por el rabillo del ojo, su pelo era ondulado y caía más allá de sus hombros, no era muy alta y tenía la piel del color de las nubes. Lo más interesante sin duda, era su mirada, la cual escondía tras unas gafas de pasta negra. No tenían particularidad apenas el color de sus ojos, estos eran del clásico marrón oscuro, pero eran unos ojos profundos y sabios que desde luego no iban acorde con aquella chiquilla de diecisiete años. Y allí estaba él fingiendo que no la miraba, que no conocía sus facciones, mientras tomaba un dulce café vienés. Cada domingo, a las nueve en punto.

Edulcorada Historieta del Silencio Interrumpido
Los pasos resonaban en el suelo mojado componiendo una melodía constante. Dos figuras avanzaban con cierta parsimonia una junto a la otra, permanecían en silencio, no porque no hubiera que decir, sino porque las palabras que luchaban por expandirse eran rápidamente bloqueadas por aquello que llaman cobardía. La humedad y el frío impregnaban el ambiente, el mar se hacía el inocente y la lluvia caía con mayor intensidad conforme avanzaban hacía el viejo faro. Realmente he llegado a dudar si notaban sus caras empapadas por la lluvia, si se daban cuenta de que la humedad se había instalado en sus huesos, desde luego era imposible que no sintieran que su labio inferior temblaba, aunque claro está, no puedo estar segura si en verdad se trataba de frío. Andaban sin decir una palabra, de vez en cuando uno de los dos lo intentaba, pero cuando parecía que el sonido iba a viajar por el aire, una voz interior, la conciencia, los obligaba a esperar a un momento que ni siquiera ella sabía cuando sucedería. Habían cambiado, pero seguían teniendo el brillo en la mirada, ese que solo les pertenece a los que mantienen la esperanza de ver algún día cumplido aquello que anhelan, ese pequeño resplandor que nace con nosotros, aquel que tanto cuesta prolongar en la mirada. Siempre algo acaba por eclipsar la luz, acaba desapareciendo entre lágrimas. Perdieron el aliento, habían llegado a lo más alto del acantilado, no había más camino que el de vuelta y la idea de volver con la civilización no les resultaba del todo atractiva. Se quedaron ahí parados, con la mirada perdida en el mar, en las estrellas o quién sabe qué, quizás ni siquiera en este mundo. La cara de él parecía pensativa, aunque ella fijándose en sus ojos descubrió que en realidad tenía la mente en blanco. Se sintió observado y optó por volver la cara sin esperar encontrar tan cerca la de ella. Por un instante pudo ver sus ojos marrones miel, brillantes y cálidos, sus labios temblando a causa del frío y su tez blanca como la luna, e incapaz de nada, lo único que hizo fue cubrirla con su abrigo. Ella sonrió agradecida y acto seguido fingió abstraerse en el mar para que él no notara el leve rubor de sus mejillas. Ninguno de los dos encontraba dentro de sí mismos una excusa con la que engañarse respecto al silencio, el primero en decidirse a romperlo fue él.
- ¿Qué te parece?.-
Ella tardó unos segundos en responder.
- No sé qué decir.-
- Solo di lo primero que se te venga a la mente.-
- Singular.-
- ¿Singular?.-
- Tú me has dicho que diga lo primero que se me venga a la mente, y lo primero ha sido singular.-
- No dije que no me valiera.-
- Por si acaso.-
- ¿No te sientes pequeña?.-
- Siempre.-
- No me refiero a eso, me refiero a… ¿No te sientes insignificante?.-
- La verdad es que impresiona, me crea complejo de inferioridad.-
- A mí también.-
- Estaba ahí cuando vinimos y estará cuando nos vayamos.-
- ¿Importará algo nuestra existencia?.-
Ella lo miró y por una vez, segura de algo en aquel día dijo:
- Siempre que alguien te quiera.-
- Entonces tu existencia importa, créeme.-