miércoles, 30 de junio de 2010

Matutino Cuento Parisino

Escrito: 02/2008

Matutino Cuento Parisino

Dulce aroma a croissant y a periódico recién imprimido en las calles parisinas. Risas y conversaciones fugaces rigen el ambiente del barrio Montmartre, después de tanto tiempo se sigue respirando el espíritu bohemio en el aire. Caminaba sin prisa pero sin pausa, observaba el gran colorido, el ajetreo… El tiempo pasaba muy deprisa, era como un tren que no paraba en la estación, y él, un simple viajero que se distrajo contemplando el paisaje por última vez. Las gentes cambiaban, de gustos, de temas de conversación, de ropas y él, seguía estancado en los libros. Los libros también se pasan de moda, también envejecen, se adaptan a juegos, películas, pero un libro tiene algo de lo que otras cosas carecen, un libro tiene vida. Un libro siente, siente lo que sentimos leyéndolo; un libro tiene personalidad y cada libro es único e irrepetible, porque aunque sean del mismo autor y tengan el mismo título, el mismo tipo de portada y de tapa, aunque en todo eso sean iguales, cada uno queda impregnado de personas diferentes, cada uno ha sido tocado por una persona diferente. Los humanos también somos iguales, tenemos las mismas cosas, manos, narices, ojos… Pero entre sí son diferentes. Se sentó en la misma mesa de siempre, con la mirada perdida en algún lugar entre los pasteles recién hechos y el pobre Pierre, que en la barra echaba un vistazo a Le Monde, aparentemente tranquilo. Por la puerta de atrás de la barra apareció la joven camarera del café que se acercó rápidamente a su mesa. El fingía no mirarla aunque en realidad lo estuviera haciendo por el rabillo del ojo, su pelo era ondulado y caía más allá de sus hombros, no era muy alta y tenía la piel del color de las nubes. Lo más interesante sin duda, era su mirada, la cual escondía tras unas gafas de pasta negra. No tenían particularidad apenas el color de sus ojos, estos eran del clásico marrón oscuro, pero eran unos ojos profundos y sabios que desde luego no iban acorde con aquella chiquilla de diecisiete años. Y allí estaba él fingiendo que no la miraba, que no conocía sus facciones, mientras tomaba un dulce café vienés. Cada domingo, a las nueve en punto.


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