Escrito el: 21/07/10
Ella estaba reposada en la mesa de madera nacarada, descansaba doblada sobre sí misma esperando que alguien la abriese para cumplir su función. Una función que yo decidí dejar a un lado y que él prometió apartar de su vida también.
Me giré hacia el sofá marrón de la entrada y le vi. Mirándola fijamente barajando la idea de marcharse de allí o, de cogerla y hacer aquello que estaba deseando. Sus ojos eran azules, un azul intenso que te hacía parpadear y que hoy, debido a sus múltiples fallos, dichos ojos no brillan de la misma manera. Son grises, flácidos, débiles como él. Estaban fijos en aquella bolsita del tamaño de un paquete de tabaco barato, no se movían, apenas parpadeaba y su respiración era insuficiente. Estaba quieto como cuan estatua en las Ramblas de Barcelona.
Recuerdo la forma en la que estaba sentado, una posición muy extraña e incómoda para cualquiera. Cogió aire y por fin se movió de posición, a saber cuantas horas llevaría ahí. Se agarró la cabeza tirándose del pelo negro y abundante que poseía en una muestra clave de desesperación. Entonces comenzó a sollozar en silencio. Yo debería de haber ido a animarle, a abrazarle como cualquier hermana, pero en ese momento pensé que ya era demasiado tarde. Ya había pasado demasiadas noches en vela, únicamente por él. Acariciándole la espalda y dándole palabras de aliento para que siguiese adelante. Eso es lo que debería de haber echo, y que en cambio, no hice. Decidí darme la vuelta y dirigirme a la puerta de salida, pero mi personalidad débil, como la de él, me hizo flaquear antes de coger la manivela, girarla, abrir la puerta y salir de allí.
– Te marchas. – Oí desde el salón. Y no era una pregunta, lo afirmó
seriamente sin rastro alguno de vida en aquellas dos palabras. Fue entonces cuando me di cuenta de que el alma de mi hermano se había quedado en el salón, junto a aquella bolsa. No merecía la pena, él no valía nada ya.
– Sí, me marcho. No pienso seguir cuidando de mi hermano mayor.
Él no dijo nada más desde allí, no se oyó ni si quiera su respiración. Pensé en decirle adiós, despedirme de él, pero me daba asco tocarlo. No había cumplido la promesa que hizo meses antes en el porche, una noche fría de verano, no había echo nada para cumplirla.
Salí de allí dejando la puerta abierta, y hasta hoy no me había dado cuenta de la razón por la que lo hice. Hoy entro por el marco de la misma, igual, exactamente idéntica a la que yo abandoné, solo que algo más estropeada debido al tiempo. Hoy me doy cuenta de que dejé la puerta abierta porque sabía que iba a volver algún día. Pero no sabía que ese algún día, sería demasiado tarde.
Los humanos nos arrepentimos de nuestros actos, siempre volvemos al lugar que abandonamos con el fin de volver a empezar. Pero la clave está en volver a empezar una mañana y no una noche, cuando ya es demasiado tarde para regresar.
Sí, mi hermano murió esta mañana. Murió solo, sin nadie de quien despedirse excepto su amada droga. Ese ser demoníaco, que le mantuvo con vida y que le ha matado. Murió solo, ya que yo no supe estar ahí.
Es de noche, es tarde para volver a empezar.

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