viernes, 12 de febrero de 2010
Hasta llegar a él.
Un pie delante, otro detrás… Avanzamos.
Uno delante, otro detrás… Camino sobre el carril derecho de las vías del tren, el derecho o el izquierdo según se mire.
Uno delante, otro detrás, uno delante, otro detrás… Haciendo todo lo posible por no caer veo mis converses rojas, llenas de polvo, andar por el hierro ya oxidado. El color demacrado hace inteligible la pintura pintada en su momento, ahora me parece lejano todo, veo mi vida alejarse de mí cuerpo con cada pie que adelanto. Debería de parar y apartarme de ese sitio tan sumamente peligroso, el tren pasará de un momento a otro pero yo, prefiero esperarlo y mirar como pasa.
Una gota de lluvia cae sobre mí nariz respingona y pequeña, subo la mirada a la vez que bajo mis brazos, que hacían equilibrio, hasta los lados de mi cuerpo. El triste golpe de los brazos caer me hace emitir un sonido inaudible, duele. Me duele cada paso que doy, cada movimiento que hago, cada sonido que sale de mi boca… Me duele el simple hecho de vivir. Vivir sin él, claro está.
Catorce de Enero del año… Catorce de Enero. Hace un frío glacial, varios grados bajo cero, pero el frío que siento no es el que me rodea si no, el que está dentro de mí. Me siento sola, me siento ausente del mundo en el que vivo desde que él se marchó. Duelen los golpes, los gritos e insultos… Pero duele más el saber que nunca le volveré a tener conmigo. Nunca volveré a besar esos labios que te distanciaban de todo.
-¡Ven aquí!- Bramó con rabia antes de agarrarme del pelo y tirar de él. Recuerdo notar el cuero cabelludo abandonar mi cráneo, recuerdo el impacto de su puño contra mí. Recuerdo… Su sonrisa.
-No vales nada. – Susurró él, antes de marcharse por la puerta para no volver jamás. Era verdad, yo no valía ni la mitad de lo que él se merecía, era verdad, yo no era nadie para pedirle un beso robado… Era verdad, yo no merecía nada suyo. Antes de caer al suelo me fijé en una foto con el marco rojo pintado, me abrazaba por detrás apoyando su cabeza en mí hombro. Me abrazaba sonriendo, esa sonrisa era sincera, era de verdad… Detrás estaba el puerto con el mar en calma.
-¡Mírame a la cara!– Vociferó cuando me vio que no rehuía su mirada. Le miré a los ojos una vez más y lo único que alcancé a ver fue sus lágrimas caer por sus mejillas, el techo blanco e inmaculado… El último golpe antes de caer al suelo inconsciente.
No le volví a ver, solo sé que subió a ese tren que se oye a lo lejos, con ese sonido estridente que te pide que te apartes… Solo sé que huyó de mí hace ya demasiado tiempo, solo sé, que cada día le necesito más, solo sé… Que se subió al tren que pasa cada mañana por delante de mí y por último sé, que no va ha volver pero yo… Un pie delante, otro detrás… Avanzo, hasta llegar a él. Un pie, otro, y otro… Y así, hasta llegar a él.
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Vale, hacía mas de un mes que no actualizaba xD Pero es que me daba pereza... Y además, han cambiado muchísimas cosas en mí vida como para estar pendiente de todo este mundillo. (No tengo por qué dar explicaciones)
El texto no me gusta nada, pero bueno, es el más asequible ahora mismo.
viernes, 22 de enero de 2010
Rascacielos
Bullicio en la ciudad. Pero ella permanecía indiferente mientras la gélida brisa invernal rozaba su piel de porcelana y agitaba suavemente su cabello mientras permanecía sentada en una de las tantas azoteas de aquella gran metrópoli. La voz de la ciudad fluía por el aire y se expandía mezclándose con las dulces notas de una melancólica melodía cuya procedencia le era desconocida, la gente se movía al ritmo marcado por su ajetreada vida. Acariciaba suavemente al pequeño gato persa, el cual ronroneaba dando a entender que le agradaba. No había sonrisa en su cara ni lágrima resbalando por su rostro, su mirada era serena y limpia, estaba tranquila. Empezó a tararear una canción en voz baja mientras el gato gris de ojos azules bajaba de su regazo, una canción con promesas, promesas rotas. Rememoraba los acontecimientos de hoy, que ahora se le antojaban lejanos y difuminados en neblina, al fin y al cabo no era más que una de otras tantas tristes historias neoyorkinas, la suya, no era más que otra historia de rascacielos.
Solo es una historia con alma sucedida entre rascacielos
jueves, 14 de enero de 2010
Estrella.

La noche de un sábado, una de las noches más del verano… Fui a ver las estrellas, ha ver como bajaban del cielo, inmunes a todo. A las estrellas fugaces se les piden deseos, cierras los ojos e imaginas que tu deseo se hace realidad. Te ríes y eres feliz, vives tú vida… Pero tienes un final. Todos tenemos un final, el cual nos llegará tarde o temprano, pero llegará. Mirando las estrellas una lágrima cayó al suelo, ni si quiera me molesté en quitármela ya que me daba igual que me viesen llorar. Yo no había nacido destinada a este mundo, a esta época, a estas personas. Yo no soy merecedora de todo lo bello en lo que vivo, me gustaría ser una estrella.
Vivir colgada del cielo, observándolo todo, viviendo… Nada más. No soy merecedora de algo tan preciado, y sé que jamás se cumplirá mi deseo pero… Como el resto de las personas no puedo evitar sonreír y pensar que quizá, algún día, se cumpla. ¿Y pensar que mi sueño es vivir pendida del cielo? Sosteniéndome sin ayuda, yo sola y sin nadie más.
Observarle… Mirarle sin miedo a que me mire, meterme en sus ojos y soñar libre.
Me gustaría ser una estrella, pendida del cielo, sin ayuda… Inmune a todo, a todos. Inmune a él.
Me gustaría ser una estrella.
viernes, 8 de enero de 2010
Sonrisa
- ¿Qué sonrisa?.-
- Esa que ilumina tu cara desde esta mañana.-
- No digas tonterías.-
- Ahora crees que soy tonto.-
- Yo no he dicho que seas tonto.-
- Has dicho que digo tonterías.-
- No es lo mismo.-
- Sólo he dicho que dices tonterías.-
- Todos los tontos dicen tonterías.-
- Pero no todos los que dicen tonterías son tontos.-
- Sigues sin responderme.-
- ¿A qué?.-
- Ya sé a que se debe esa sonrisa.-
- ¿Qué sonrisa?.-
- Estás enamorada.-
- No porque sonría estoy enamorada.-
- Claro que no, no es porque sonrías, es la forma en la que lo haces.-
- ¿Cómo lo hago?.-
- Cómo si desearas que te besaran.-
- ¿Eso crees?.-
- Eso creo, ¿y sabes qué?.-
- ¿Qué?
- Creo que puedo solucionarlo.-
"Sans toi, les émotions d'aujourd hui ne seraient que la peau morte des émotions d'autrefois."
Muerta.
Un coche cegó mis ojos claros y el grito de alguien me hizo salir de mí cabeza. Pero no lo hizo suficientemente a tiempo como para esquivar el golpe, como para apartarme de la calzada y evitar el coche que se precipitaba sobre mí. Rodé unos metros más allá y un dolor agudo me hacía pestañear varias veces porque no estaba segura de si era un sueño o una pesadilla. El asfalto estaba ardiendo ya que era verano y mis codos ensangrentados escocían tanto que una lágrima rodó por el rabillo del ojo hasta caer, también, al asfalto.
-¡Niña, niña! ¿Estás bien?- Me preguntó una mujer de mediana edad con algo rojo en la cabeza, creo, un pañuelo.
No le contesté, ya que ni si quiera valía la pena. No sentía nada, no oía nada… Solo el agudo dolor de cabeza. Estaba ausente, como si esto no me estuviera pasando a mí. Y aunque era un sueño era bastante real.
Cerré los ojos y sonreí pensando que pronto me despertaría como todas las mañanas a las ocho y diez para montar en bicicleta. Noté unas manos sobre mi nariz, las cuales comprobaban si aun respiraba, eran suaves y frías quise abrir los ojos para averiguar por mí misma quien era el o la propietario o propietaria de esas manos tan suaves. Pero cuando lo hice, el sueño cambió de perspectiva. Me veía a mí, acostada en el suelo, con un charco de sangre que me rodeaba todo el cráneo y a tres o cuatro personas mirándome como a un pez en un acuario. Levanté la mirada y vi como el tráfico estaba parado, como el viento había cesado de pronto y como el Sol, se iba apagando cada segundo que respiraba. Se iba apagando… Hasta que de pronto, no hubo luz de la que resguardarse, no había luz de la que pestañear… No había luz, con la que mirar.
-Hola – Dijo alguien detrás de mí. O a un lado, no sé, no veía nada. –Tranquila - Me calmó al ver que intentaba enfocarlo con la vista y no lo encontraba. Era una voz… Una voz aterciopelada, dulce, cautivadora… No sabría distinguir si era de hombre o mujer, pero sin duda era la voz más bonita que había oído jamás.
Desde luego ese sueño estaba siendo de lo más extraño, ya se veía riendo y haciéndose la interesante con su amiga Olivia Twston, contando su historia como si de un secreto se tratase. Ya se veía…
-Ya quedaría poco para despertar, ¿tardaría mucho el pitido del reloj en sonar?- Pensó un momento. No le gustaba ese sueño que estaba teniendo, no le gustaba nada.
-¿Lilian?- Dijo esa voz cariñosa. Puso una mano en su hombro descubierto por su camiseta de tirantes y se quedó atónita al comprobar que las manos que se habían posado en sus ojos eran las mismas manos, que ahora, le tocaban el hombro.
No entendía nada, quería despertar, quería montar en bicicleta, quería reír cogiendo mariposas de las flores, quería… Quería despertar.
Se apartó rápidamente de esa mano y empezó a llorar por el agovio, pero, cuando se fue a limpiar con la mano las lágrimas vio, o noto, que no había ninguna lágrima que apartar de sus mejillas. No había nada, ni si quiera tenía rostro, era un tacto opaco, inexistente… Ella quería despertar de una vez por todas. Gritó con todas sus fuerzas pero no se oyó nada, de su garganta no salió sonido alguno.
-¿Lilian?- Se volvió a oír esa voz. La voz que en su momento le pareció maravillosa, única y especial ahora le parecía un sonido cargante. Estaba irritada, cansada y con ganas de llorar y ni si quiera podía…
Quería despertar, simplemente eso.
Se quedó quieta, se tranquilizó y cerró los ojos para cerciorarse de algo de lo que se acababa de dar cuenta.
No sentía absolutamente nada. Ni calor, ni frío, ni si quiera… ¡Ni si quiera respiraba! No le hacía falta hacerlo.
Entonces se dio cuenta, también, de que ya no se despertaría nunca más. De que no volvería ha montar en bicicleta, ni a reírse cogiendo mariposas ese verano, ni ese ni otro, ya que nunca habría otro. Ahora lo entendía todo… Ella ya se había despertado esa mañana, ya había montado en bicicleta y… Era de noche. El calor y la luz eran aquellas manos suaves y fuertes.
No se volvería ha despertar.
-Estoy… Estoy muerta. - Pensó, esta vez sí, en voz alta.
Sonrió.
jueves, 7 de enero de 2010
Charco
Avanzaba por las calles desiertas, bajo un cielo anaranjado que indicaba el final del día. Andaba sin pensarlo, sin pararse a pensar donde caían sus pies. Pisó un charco y paró en seco al sentir el agua gélida en la piel, lentamente dirigió sus enormes ojos castaños hacia su zapato viejo y mugriento viéndose reflejada en la charca producida sin duda por la lluvia torrencial de los días pasados . Se preguntaba cuándo fue la última vez que se vio reflejada y la respuesta no llegaba a su mente, estaba demasiado cansada para preguntarse eso pero a pesar de su indiferencia ahí estaba el reflejo con la misma expresión que ella pero sin sentimientos, sin esfumarse mientras ella siguiera en ese lugar. Volvió a mirarse y ante la visión de sus ropas harapientas, su rostro lleno de suciedad y su pelo enmarañado no pudo evitar que una lágrima resbalara por su rostro y se reuniera con las miles de gotas que formaban el charco. Recordaba los días en que ella era bella y rica, cuando todos los días cambiaba sus ropajes, cuando lo más importante era lucir mejor que cualquiera de sus hermanas, cosa que antaño no le era nada difícil , y de cuando el sufrimiento era algo que no conocía, algo que le era ajeno y que si todo hubiera salido bien nunca hubiera conocido.
martes, 5 de enero de 2010
Gotas sobre él.

Suena la melodía ascendente en los auriculares de mis oídos, suenan las gotas de lluvia chocar contra los cristales del coche y suena mi respiración tranquila que junto con el sonido de mis sollozos parece dolorosa y plácida al mismo tiempo. Observo la calle, observo como las personas corren de un lado a otro intentando resguardarse de todo ese manto de agua que cae, todos corren hacia sus casas tapándose con los abrigos y paraguas pero, hay alguien que no hace nada de eso. Está parado, en medio de la calzada, mirando el cielo negro lleno de nubes mientras sonríe. Calado hasta los huesos, su cabello parece rubio a pesar de estar mojado. Suspiro y el cristal se empaña hasta nublarme la vista y no quiero, no quiero perderle. Siento que le conozco de toda la vida, que ese ser que sonríe mientras los coches lo esquivan me comprende de verdad. A si que corriendo, con la manga de mi jersey oscuro, lo limpio y lo vuelvo a ver.
Me está mirando, o eso creo, y mientras lo hace su sonrisa ha desaparecido tal cual llegó.
